
Cuando éramos chicos, mi mamá nos alentaba a comer verduras de colores variados (porque así uno ingiere mayor cantidad de vitaminas), pero también alertaba seguido sobre los peligros de ingerir comida azul. "No existen alimentos de color azul", nos decía; o "la comida azul es veneno"; claro, en esa época no se habían puesto de moda las blueberries o eran inaccesibles a los bolsillos barriales; aunque no pasaba lo mismo con el helado de crema del cielo, que nos estaba terminantemente prohibido.
De más está decir que me sentí como una adolescente rebelde de viaje de egresados, o de vacaciones con amigos, en zona liberada de controles paternos.
La sensación valió la pena, quizás más que la Fanta en sí misma.
La sensación valió la pena, quizás más que la Fanta en sí misma.